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“El presidente es un hombre de tan pocos principios como de palabras.”  
The Economist, 10 de diciembre 2011
Cuando el 16 de noviembre el presidente Ollanta Humala dijo “Conga va”, pocos imaginaron que ese grito de guerra terminaría siendo el inicio del fin del gabinete Lerner. Lo más sorprendente, para mí, ha sido comprobar el grado de improvisación en el manejo del Estado y de los conflictos.
Uno pensaría que si el Humala presidente había decidido liquidar al Humala candidato, por lo menos tendría un plan para mitigar los efectos de su nueva postura. No se necesitaba mucho conocimiento político para saber que sería tomado como una traición.
Humala hizo lo que siempre hacen los políticos: mentir. En su propia casa cuando necesitaba de ellos. Hay que reconocer el intento de diálogo propiciado por el salomónico Lerner, bisagra entre las promesas del candidato y las acciones del presidente, y bisagra entre las aspiraciones y exigencias de la izquierda y la derecha prometiendo su bendición si se alineaba.
Y es que Humala parece haber tenido desde el comienzo “un sueño” -a lo Martin Luther King (ironía)- de lograr la convivencia armónica del polo rojo y el blanco, del oro y el agua, de la derecha y la izquierda. Recordemos cuando en campaña no le alcanzaban los votos de la “gran transformación”, sacó la Hoja de Ruta del sombrero, “mostró” a garantes y aliados el polo blanco, sin abjurar nunca claramente de la Gran Transformación. Y así pasaron los días en tensa armonía de tendencias extremas en un partido joven e inexperto que ha ido pagando noviciado y con él, todos nosotros.
Pero Conga nos despertó. Sin una estrategia que se adelantara a los conflictos, ese estado de convivencia ideal estaba destinado al fracaso. Es imperdonable que un gobierno que se marqueteó como nacionalista no haya priorizado establecer una verdadera comunicación de confianza con el pueblo que de manera auténtica tiene miedo de perder sus recursos, no haya tenido inteligencia para anticipar el embate, enfrentar a los carroñeros atizadores de descontentos.
Su pésimo manejo no sólo tendrá, me temo, un impacto en Cajamarca, sino que puede afianzar los radicalismos. Si cree que declarando el Estado de Emergencia los acallará, OH no ha entendido nada o no le importa. Y no porque el caos y la obstrucción del diálogo tengan justificación, que no la tienen aún cuando sus temores y demandas son atendibles, sino porque hay que esas dinámicas para saber que esto no ha terminado. Y que si bien el Estado debe ejercer su autoridad, tiene que saber hacerlo sin encender más la pradera.
Conga va, Lerner se ha ido y lo que queda es una gran incógnita: o Humala no sabe lo que quiere ni cómo lo quiere, o nos está engañando a todos, derecha, izquierda, centro. Incógnita que ha sido su bandera, recordemos la segunda vuelta: la derecha temía lo peor y la izquierda celebraba, mientras en el centro el signo de interrogación se vestía de antifujimorismo o de antichavismo.
Un dato certero me confirmó temprano en la campaña lo que otros solo especulaban: que OH estaba con los brasileros, ya no con Chávez. Entonces me fue claro que nunca fue chavista, que le sirvió el Chávez del 2006 que se alzaba como una fuerza continental y que en el 2011, desdibujado y debilitado ya no servía a sus propósitos.
Con el tiempo, la incógnita empezó a disiparse para la derecha complacida y sus miedos aplacados por la política económica de OH. Algo que para la derecha suele justificar cualquier exceso. Como por ejemplo la detención de un intransigente actor político como Saavedra o el bloqueo de las cuentas del Gobierno Regional de Cajamarca cuando Lerner aún intentaba el dialogo.
Cualquiera creería que aprendimos la gran lección del gobierno fujimorista: que el fin no justifica los medios, que es imprescindible actuar dentro de la democracia y respetando procesos y derechos, especialmente desde el Estado y aunque la oposición no lo haga. Porque la autocracia es igual de mala si es de derecha que si es de izquierda o militar.
Quizás como dice el psicoanalista Jorge Bruce, el Estado de Emergencia declarado simboliza la emergencia dentro del partido de gobierno. Desarticulado, sin estrategia ni homogeneidad en los objetivos.De confuso liderazgo. Ojalá y este segundo tiempo no sólo oxigene la dirección ejecutiva del gobierno sino que defina su línea política.
Que si este gabinete es evidencia de que se ha derechizado o si se está militarizando con un Valdes y Villafuerte tomando posiciones preponderantes en las decisiones de gobierno, estará por verse y hay que estar muy alertas. Así como alertas a contubernios políticos inaceptables como el que se vocea con el fujimorismo.
Fujimori delinquió, fue procesado y condenado y debe terminar de cumplir su sentencia. Excepto enfermedad terminal, que no tiene. No siquiera tiene cáncer como les gusta repetir a sus defensores. Así como la amnistía a Artemio y quienes con él se equivocaron en los medios (violentos) para lograr su fin (un estado más justo), sería una traición a la patria y a la democracia la excarcelación de Fujimori sin real justificación, sería un asesinato a la justicia y al ejemplo de lo que un país no debe aceptar jamás.
Lerner habla en su carta de despedida de una nueva etapa. Ojalá no signifique que los 250 conflictos sociales nos van a costar un gabinete. ¿A dónde vamos, Sr. Presidente? ¿Cómo hará para cohesionar nuevamente al país, para que convivan agua y oro sin sangre en el ojo? Sea claro por una vez para que cesen miedos y especulaciones que generan ruido político, incertidumbre y caldo de cultivo para la violencia y el radicalismo. Ojalá The Economist se equivoque.
Versión editada de artículo de opinión publicado en el diario La Primera el lunes 12 de diciembre, 2011